sábado, 8 de julio de 2017

LA APICULTURA EN ESPAÑA EVOLUCIÓN Y FUTURO



La apicultura en España Evolución, situación actual y ¿futuro?

La apicultura, el manejo de las abejas como ganado, en explotaciones, es una actividad muy antigua en nuestra península. Muchas pinturas rupestres del arco mediterráneo (unas 250) representan abejas y colmenas silvestres, y mujeres y muchachos de nuestras antiguas poblaciones de cazadores-recolectores, de hace unos 8.000 años, recolectando sus panales. Con la sedentarización esta profesión pasaría a los hombres. Pinturas de los templos y tumbas egipcios de hace unos 5.000 años representan ya actividades en colmenares (similares a los tradicionales de Baleares y Aragón) y documentan los procesos de extracción y almacenamiento de la miel. También hay referencias en sus papiros del uso de la miel en la dieta y la medicina. De Egipto a Grecia, de allí a Roma, la apicultura como actividad ganadera se expandió por el Mediterráneo. En la cultura ibérica volvemos a encontrar restos de su actividad (Levante, Andalucía, El Algarve, siglos VI a I a.C.), en forma de colmenas de cerámica, y en los cálatos, envases cerámicos en cuyo fondo han podido analizarse restos de miel, que, procedentes de los talleres iberos, excavaciones arqueológicas han encontrado como mercancía de lujo en Inglaterra, Francia, Italia… La miel ha sido el único edulcorante conocido hasta la aparición en el mercado del azúcar de caña, siglo XVI, y, posteriormente, del azúcar de remolacha, siglo XVIII. Desde entonces ha tenido que compartir con estos azúcares la enorme apetencia de nuestro cerebro por este tan exquisito y eficaz combustible. España ha sido exportadora de miel hasta finales de los 70, e importadora desde entonces. Estos y otros grandes cambios nos han llevado a la situación actual de la apicultura española, ¿cuál es ésta y hacia qué futuro vamos? Para responder a esta cuestión hemos de dividirla en sus componentes esenciales:


Número de colmenas de la cabaña apícola y su productividad,
¿la carga ganadera es correcta?
 Las explotaciones apícolas y su viabilidad.
Los productos apícolas y el mercado.

Número de colmenas y su productividad.
 Las colmenas .
A principios del siglo XX había en España 1.200.000 colmenas que producían 14.400 toneladas de miel, con una media de 11,6 kilos por colmena, una arroba (De Alphandery, 1907). Esta producción coincide con las máximas citadas Agricultura Familiar en España.
por Trías González (1762), en la zona Centro, basándose en los registros de diezmos a la Iglesia católica. En esas fechas hablamos casi exclusivamente de colmenas fijistas, de panales fijos (corchos, troncos, vasos…); las colmenas movilistas (de panales enmarcados en madera y móviles), las actuales, no se introdujeron en España hasta 1880 (con colmenas de tipo Layens, más o menos simultáneamente en Barcelona y Galicia, y de tipo vertical en Maò). Los datos de Alphandery deben ser una estimación, no muy desencaminada, ya que el Ministerio de Agricultura, para 1935, hablaba de 1.062.000 colmenas y 6.252 toneladas de miel. De estas colmenas, 78.000 son movilistas y 984.000 fijistas; y la diferencia de cosecha es apreciable: 14,1 kilos por colmena para las movilistas y 5,2 kilos por colmena para las fijistas.


Los sucesivos datos de colmenas del Ministerio de Agricultura van dando un panorama de disminución de la cabaña apícola, diezmada por los estragos de la guerra civil (1936 - 1939), y por la epidemia de acariasis (Acarapis woodi) de los 50. Esta pérdida de cabaña se debe exclusivamente a la de las colmenas fijistas, que admiten mucha menos manipulación, menos intervención del apicultor y dan menos cosecha (unos 7 ± 0,5 kilos/colmena y año). En ese periodo las colmenas movilistas aumentan, y su alta productividad (unos 20 ± 0,5 kilos/colmena y año) mantiene la producción total de miel, que, entre 1950 y 1960 se fija en 7.000 ± 500 toneladas. En los 60, el número total de colmenas disminuye y se desacelera la conversión de colmenas fijistas en movilistas, probablemente por el gran éxodo de la población rural.


 En la década de los 70 se invierte la tendencia y el número total de colmenas aumenta, doblándose entre 1971 y 1981. Con este aumento tiene lugar una caída de la productividad de las colmenas movilistas, que pasan de los 20 kilos anteriores a 16 kilos en 1980. Probablemente este aumento de colmenas y mermas de las producciones tenga que ver con la aceptación oficial de la apicultura como ganadería, con la consiguiente admisión de esta actividad en los créditos de incorporación a la actividad agrícola-ganadera, que facilitó la creación de numerosas explotaciones noveles y, por tanto, inexpertas. En los años 80, el número de colmenas aumenta a un ritmo de alrededor del 20% cada dos años, a pesar de la epidemia de pollo escayolado (Ascosphaera apis) de los primeros 80 y la entrada de varroa (Varroa jacobsoni y Varroa destructor) en 1985-86, que mermó considerablemente la cabaña apícola en muchas zonas. La aparición de varroa trajo consigo la desaparición casi total de las explotaciones de colmenas fijistas, que hoy día son anecdóticas, vestigiales. Los datos del Ministerio de Agricultura remarcan la caída de productividad de las colmenas (que ya sólo son movilistas), y que alcanzan su mínimo en 1986 con 11,8 kilos/colmena. Es más que probable que esta disminución de la producción sea debida a que una parte importante de las colmenas se dedicaron a producir enjambres, para reponer bajas (por pollo escayolado y por varroa), en lugar de a producir miel. En la última década del siglo XX, años 90, el ritmo de aumento del número de colmenas se aceleró espectacularmente, duplicando, más o menos, el que llevaba en los 80 (se pasó de un aumento del 20% cada dos años a cerca del 40%).

Hay un acelerón a partir de 1998, atribuible a las ayudas establecidas por el Plan Apí- cola Nacional (PAN). con fondos de la UE, el Estado español y las CCAA. En 1999 se llega a 1.910.633 colmenas, según los datos consensuados (finalmente) por el Ministerio de Agricultura y las organizaciones agrarias en la Mesa Apí- cola. Estas ayudas se han establecido para garantizar el mantenimiento de las explotaciones apí- colas y su distribución por todo el territorio de la UE. El papel de polinización de la abeja garantiza el mantenimiento de la biodiversidad: entre el 65 y el 75% de las especies de nuestro matorral dependen de la polinización por insectos para perpetuarse, y la abeja es el 80% de estos insectos (Departamento de Botánica de la Universidad de Sevilla). El mantenimiento de esta capa vegetal protege el suelo de la erosión. Las abejas también intervienen en la formación de frutos y semillas de numerosos cultivos: por cada euro de ingresos por productos apícolas las abejas están produciendo 30 euros en beneficios de polinización (datos del Ministerio de Agricultura francés). Con los actuales cambios en la PAC, la tendencia es sustituir estas ayudas por otras agroambientales y entrar en una OCM general que evite la multiplicidad de normativas en la UE. Los aumentos de colmenas han sido mayores en las zonas con condiciones especialmente buenas para la apicultura y sin otros recursos, resultando una distribución geográfica peculiar: más del 60% de las colmenas se concentran en un arco que abarca Salamanca (aproximadamente el 8%), Extremadura (15%), Andalucía (16%), Murcia (3%), Comunidad Valenciana (20%) y Tarragona (en torno al 2%). La inmensa mayoría de estas colmenas son del modelo Layens, un solo cuerpo con 12 panales de 30 x 35 cm; en el norte dominan las colmenas de alzas, Dadant o Langstroth. Es frecuente que las colmenas se concentren en zonas pobres, donde no hay otros recursos económicos a explotar, pero ricas en iniciativa de sus habitantes. Por ejemplo, existe el núcleo de Fuenlabrada de los Montes (Badajoz), población de unos 2.000 habitantes con más de 100.000 colmenas y unos 300 apicultores dedicados a la cosecha de miel. También está el de Valero de la Sierra (Salamanca), población aún más peque- ña pero con una dotación de colmenas y apicultores semejante, aunque centrada en la producción de polen. Existen otros núcleos apícolas importantes en España: Ayora, El Perelló, Hornachuelos, Sierra de Huelva... En 2000, el censo de explotaciones apícolas de la UE recoge, para el Estado español, un total de 2.238.064 colmenas.

El proceso de crecimiento de la cabaña apícola parece decelerarse últimamente: con datos del Ministerio de Agricultura en 2003 había 2.464.601 colmenas; mientras que 2004 y 2005 fueron años catastróficos, con pérdidas importantes de colmenas (un 25%). En 2006, la meteorología fue buena y la cabaña se ha recuperado, hasta llegar a 2.320.949 colmenas. Es probable que la ralentización hasta 2003 se deba al despoblamiento rural, que impide la obtención de mano de obra para esta actividad y la renovación generacional, y a la saturación del territorio. También se está dando un cambio en los modelos de colmenas explotadas. El tradicional es la Layens de 12 cuadros de desarrollo horizontal, muy caliente, capaz de aprovechar floraciones cortas; pero por lo mismo, de fácil enjambrazón y de volumen reducido, lo que implica mayor coste de mano de obra de manejo. Esta colmena es de fácil preparación para la trashumancia, barata de compra; con más mercado de material de segunda mano, de enjambres con cría... Aunque sigue siendo mayoritaria en la zona Centro y Sur, comienza a ser sustituida en explotaciones profesionales por las colmenas verticales (Langstroth y Dadant), cuya inversión inicial prácticamente triplica a la de la Layens, pero permite una mecanización de la explotación mucho mayor y un manejo con menos mano de obra (trashumancia, extracción de miel...). La calidad de la miel obtenida también es ligeramente superior en los modelos verticales, pero no se ha de olvidar que la alta fama de calidad de algunas de las mieles españolas en el mercado internacional se ha conseguido con colmenas Layens.
La productividad Paralelamente al proceso de aumento de colmenas ha habido otro inverso, de disminución de la productividad, que se ha situado ya lejos de los 20 kilos/colmena de los años 60, en 14,5 kilos/ colmena para 1999, 13,3 kilos/colmena para 2003 y 12,5 kilos/colmena en 2006.

Esta caída de la productividad ha tenido dos bajadas importantes: un escalón brusco en el segundo lustro de los 70, y otra, de disminución progresiva y más importante, entre 1982 y 1986. La primera disminución de la productividad es atribuible al aumento brusco del número de colmenas. Por esas fechas, como se ha dicho, se crearon muchas explotaciones nuevas, cuyos propietarios no tenían mucha experiencia, y a la vez las explotaciones se hicieron más extensivas, lo que aumentó enormemente los problemas sanitarios (nosemiasis, Nosema apis, y acariasis, Acarapis woodi, principalmente) y las bajas por manejo defectuoso (nutrición...). Es evidente que no hay influencia de factores meteorológicos, ya que, para el mismo periodo de tiempo, la productividad de las colmenas fijistas no disminuye, se mantiene constante. La segunda disminución es claramente debida a la necesidad de las explotaciones apícolas de dedicar una parte de sus esfuerzos a reponer bajas, por pollo escayolado de 1982 y 1983 fundamentalmente, y con menos virulencia en los siguientes. En 1986, cuando parecía que este problema había quedado reducido a una dimensión abordable, apareció varroa en colmenas de Alicante, que se expandió en los años siguientes, muy rápidamente, a Andalucía, resto de la Comunidad Valenciana, Extremadura, las dos Castillas... Las dificultades iniciales de tratar contra este parásito llevaron a la desaparición de las colmenas fijistas, y causaron grandes bajas en los efectivos de muchas explotaciones, así como la desaparición de otras técnicamente menos preparadas. Esto obligó, como se ha mencionado, a dedicar gran parte de los esfuerzos productivos a la reposición de bajas, lo que mantuvo el crecimiento del número de colmenas pero disminuyó su productividad. La aparición de medidas de control de varroa efectivas, a finales de los 80 y principios de los 90, permitió elevar nuevamente la productividad de las colmenas, pero ya no se recuperaron los niveles propios de 1960 a 1975. Es probable que esta situación sea debida a que las explotaciones entraron en una dinámica de aumento de efectivos (hay una disminución estadística del nú- mero de apicultores), se hicieron más extensivas, para mantener un nivel de producción que les permitiera reponer bajas (algunas consideran normal hasta un 20%) y mantener un nivel de producción total. Lo que es innegable es que las actuales medias de producción por colmena son bajas, y que, a pesar de la recuperación experimentada, se sitúan a los niveles de 1935.

Las explotaciones apícolas

 Oficialmente, para la UE, son profesionales o, lo que es igual, pueden recibir ayudas
las explotaciones que tienen más de 150 colmenas. Si entendemos por profesional el que vive de esa profesión, en realidad hacen falta entre 400 y 1.000 colmenas, según zonas y estructura de la explotación, para vivir de las colmenas. La diferencia está en ser capaz de comercializar más o menos parte de la producción hasta el consumidor final, y en defender un precio más alto del estándar por calidades superiores. Según el censo de Ángel Sainz, teniente coronel de la Guardia Civil, realizado en 1931 (utilizando los efectivos “del cuerpo”, lo que provocó “alarma” en ocasiones), había entonces unos 80.000 colmeneros (con 1.000.000 de colmenas). En 1987 (MAPA) hay ya sólo 27.000 colmeneros, un 20% de los cuales son profesionales (para la Administración, los de más de 150 colmenas), según el COPA-COGECA, para ese mismo año, sólo hay unos 20.000 colmeneros. En 1997, los datos del censo (Mesa Apícola del MAPA) son de 25.645 explotaciones, de ellas son profesionales 4.548 (17,7%), que tienen 1.237.231 colmenas del total de 1.910.633, es decir, el 64,8% de las colmenas. En 2003 tenemos 24.606 explotaciones con 2.464.601 colmenas. De ellas, 4.554 son profesionales (18,5%), con una media de 416 colmenas por explotación. En ese mismo año, la UE- 25 tenía unas 470.000 explotaciones con 11.626.300 colmenas; 15.000 de ellas eran profesionales, el 3,17% (COPA y Estados miembros). Somos el estado de la UE con mayor índice de profesionalidad en apicultura (sólo comparable al de Grecia) y el mayor número de colmenas, con diferencia a los que nos siguen: Grecia con 1.388.000 colmenas y Francia con 1.150.000. Para 2006 contamos con 23.265 explotaciones con 2.320.949 colmenas.

De ellas, 5.737 son profesionales (24,7%), con una media de 325 colmenas por explotación. Se puede decir que ha habido un proceso de disminución del número de explotaciones, por desaparición de los pequeños colmenares en el medio rural. Hace tiempo era frecuente que muchas casas de campo mantuvieran pequeñas explotaciones de decenas de colmenas para autoconsumo. La disminución de la población rural (en municipios menores de 10.000 habitantes), que ha sido del 80% de una población total de 6.600.000 personas a finales del siglo XVII al 22% de 44.700.000 en 2006 (INE); la sustitución de la miel por azúcar en el mercado, acelerada desde el siglo XVIII; el uso masivo de plaguicidas agrícolas desde el siglo XX..., han ido haciendo inviables esas pequeñas explotaciones. También ha tenido parte en este proceso la exigencia de niveles técnicos cada vez más altos, necesarios sobre todo para mantener una lucha eficaz contra las enfermedades, principalmente varroa (existen serios problemas de resistencia a tratamientos) y necesarios para elevar la productividad. Sin embargo no existe formación reglada en este sector, y la de otro tipo es muy escasa, el panorama en este aspecto es desolador, a pesar de ser la mayor potencia de la UE en esta ganadería.
Como ejemplo baste decir que el último congreso de la apicultura española se celebró en 1991, hace la friolera de 26 años. Sin embargo las explotaciones profesionales han ido aumentando de tamaño, como respuesta a la disminución de las medias de producción por colmena, el aumento de los costos de producción y la disminución de la disponibilidad de mano de obra. Las subvenciones han conseguido mantener la cuenta de resultados, pero esta “dinosaurización” de las explotaciones es una debilidad, que puede hacer disminuir la cabaña apícola si hay alguna crisis fuerte. Un ejemplo ha sido la desaparición de colmenas de 2004 y 2005 (probablemente se hayan perdido hasta 500.000 colmenas), que ha mermado considerablemente el número de colmenas en muchas zonas, por diferentes motivos. En Andalucía, las dos Castillas y Extremadura la causa parece haber sido la sequía y las malas condiciones meteorológicas, que han provocado importantes fallos en las floraciones y serios problemas nutricionales en las colmenas. En Galicia, el problema parece estar causado por el uso generalizado de plaguicidas neurotóxicos en las huertas y el control de plagas de eucaliptales. Y hay una mayor incidencia de enfermedades intestinales, Nosema apis y N. ceranae, en parte como consecuencia de estas debilidades. Y hay fallos en la lucha contra la varroa por aparición de resistencias (estamos utilizando fármacos de los 80), reinfestaciones…  . Como dice un antiguo refrán colmenero: “de cien, una, y de una, ciento”, aunque hoy día hay otro nivel de conocimientos técnicos que deberían hacerlo obsoleto.


Los productos apícolas

La producción de miel ha aumentado, primero, según lo hacía el nivel técnico de los apicultores. Así, de las aproximadamente 6.000 toneladas de 1935 con 1.000.000 de colmenas se pasó a 9.500 ± 500 toneladas en la década de los 60, con unas 650.000 ± 50.000 colmenas. En la dé- cada siguiente, los 70, hay un aumento hasta las 11.500 toneladas, pero es achacable al aumento de colmenas. En realidad, la producción por colmena disminuye, como ya se ha comentado, debido a la falta de experiencia de los nuevos apicultores. Al final de esa década hay un cambio significativo: pasamos de ser un país exportador de miel a ser importador, debido a la propaganda masiva de la principal marca del mercado, que aumenta extraordinariamente el consumo interno. Esta línea será la que se mantenga hasta la fecha: aumento del número de colmenas, disminución de la producción media por colmena, insuficiencia de la producción para cubrir las necesidades de nuestro mercado y, por tanto, saldo neto importador de miel. El saldo medio de autoabastecimiento de miel en el Estado español es de alrededor del 80%. Con una producción de unas 32 a 35.000 toneladas. En realidad importamos casi el doble de nuestras necesidades netas, unas 12.000 toneladas, y exportamos el resto (17.500 toneladas en 2006, con una exportación de 11.000 toneladas). La diferencia es debida a que importamos mieles de calidad estándar, para envasar como marcas blancas, y exportamos, a los países del centro de Europa, una parte de nuestra cosecha de mieles de alta calidad, generalmente monoflorales (la mitad de nuestra cosecha es de miel multifloral, alrededor del 10% es de eucalipto, el 5% de cítricos, el 5% de romero y espliego, el 2% de brezo y el 2% de mielatos). Otras mieles que son también más valoradas, fuera y dentro de nuestro estado, son la de DOP y las de producción biológica. La mayoría de nuestras importaciones lo son de mieles estándar, procedentes de China y de Argentina, algo más del primer país, de mieles más baratas, que del segundo, aunque con cantidades fluctuantes según el año. Actualmente, la situación es un tanto insegura, la presencia de miel china barata en nuestro mercado mantiene los precios bajos, y presumiblemente lo seguirá haciendo.

Algunos expertos creen que a la larga China no podrá colocar en el mercado internacional tanta miel, por aumento del consumo interno y en su zona, y por adaptación de su normativa interna a la internacional (prohibiendo vender como miel mezclas de ésta con glucosas industriales). Argentina también puede tener problemas de aumentar su producción, el gran aumento del cultivo de soja (que ocupa praderas apícolas) y la meteorología desfavorable están mermando últimamente sus cosechas. Es de destacar el mercado español de polen, del que se producen entre 600.000 y 1.500.000 kilos/ año, el mayor de Europa. Una parte importante de esta cosecha se destina a la exportación. El consumo nacional de miel se centra mayoritariamente en la miel de mesa, para consumo directo. Los consumidores se proveen de miel principalmente en las grandes superficies (40% del mercado), que les ofrecen los mejores precios para una calidad estándar. Los pequeños comercios tradicionales cubren el 20% del mercado; la venta directa no sobrepasa el 15% y la de las cooperativas no más del 8%.

Existen unas 200 marcas de miel comercializadas en el país, aunque solamente tres de ellas dominan el 80% del mercado. En éstas la miel es solamente una línea más de producción, y no la más importante. La UE es aún más deficitaria en miel que España, su tasa de autoabastecimiento ronda el 50% y sus principales proveedores son los mismos: China y Argentina. La evolución del mercado es que la tasa de autoabastecimiento tiene una ligera tendencia a la baja, y el consumo una ligera tendencia de aumento (3%).

Conclusiones
 El número de colmenas ha aumentado de manera constante desde los 80, acelerándose extraordinariamente en los 90, por la aparición de ayudas económicas de las CCAA primero y de la Administración central y de la UE posteriormente, debido a la existencia de grandes concentraciones de productores en zonas desfavorecidas y a las presiones realizadas por las organizaciones agrarias. Este aumento de colmenas ha ido parejo con una disminución de la productividad por colmena, que, actualmente, se sitúa a los niveles de 1935. Las causas probables de esta situación son: Saturación del territorio.
Explotaciones extensivas.
 Poca tecnificación (alimentación, manejo de reinas...). Las explotaciones apícolas han ido disminuyendo, de manera que las que tienen posibilidades de supervivencia son las que cuentan con suficientes efectivos como para ser consideradas profesionales o una buena comercialización hasta consumidor final, lo que permite una mayor especialización del apicultor y mejora su situación. El mercado es deficitario en miel (el del Estado español y el de la UE), pero existe una presión de mieles importadas, a precios baratos, que mantienen un control del precio al productor. Únicamente produciendo mieles especiales (monoflorales, DOP, ecológicas...) se pueden obtener precios más altos. Como conclusión final se puede decir que la apicultura tiene condiciones para que una explotación pueda ser viable, hoy día y en el futuro, siempre y cuando cumpla algunas de las siguientes condiciones, y cuantas más mejor: –Número de colmenas atendibles en el territorio y con la mano de obra disponible. –Tecnificación de la explotación. –Producir lo que el mercado aceptará a mejor precio y con más seguridad. –Comercializar bien. –Mantener las ayudas de la UE dentro del grupo de las agroambientales y en una OCM.

fuente: http://www.upa.es/anuario_2007/pag_267-273_pajuelo.pdf

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